martes, 20 de noviembre de 2012

Oh meu Deus 2012 Rd3: Covilhá-Guincho (parte 1)

Tras una pequeña reorganización de mis medios tecnológicos y del tiempo de que dispongo, voy a intentar retomar la página web.
Retomo la actividad con la crónica de la carrera más grande que conozco. Tuve la suerte de participar en ella este verano. El resto lo cuento en las siguientes entradas. Como es obvio, si la carrera es larga, la crónica debe ser larga, por lo que, la voy a dividir en varias entradas. Os dejo con la primera de ellas.


Tras una temporada bastante satisfactoria a nivel de resultados (victoria en la primera carrera y segundo puesto en la General del Open de Portugal de 24 horas), el cierre se presentaba como un reto de mucha dificultad. Nada más y nada menos, que 500 kilómetros en una etapa, con un desnivel positivo de 13000 metros (peor que los 500 km. en sí) y un tiempo máximo de 66 horas. Estoy “acostumbrado” a carreras largas, a pasar la noche entera  pedaleando, pero en este caso iban a ser dos noches completas (y los dos días, claro), en el mejor de los cálculos.

El recorrido partía de Covilha (para simplificar, cerca de Salamanca) y finalizaba en la playa de Guincho, en Cascais, al lado de Lisboa. 473 kilómetros, del  tirón, en los que el GPS iba a ser nuestro aliado, puesto que, el circuito no estaba marcado y se seguía con el track metido en el “aparatito del demonio”.

En un verano en el que he entrenado con relativa normalidad, salvo una semana que tuve que parar por una rodilla inflamada por una caída y su consecuente golpe contra la potencia, el fin de fiesta, prometía ser épico. Por un lado, pensaba que estaba capacitado para hacerlo. Sabía que era una carrera de “paciencia”, de no cometer excesos, de dosificar. Pero, cualquier fallo, cansancio fuera de lo “normal”, te pone contra las cuerdas y no tienes tiempo de recuperar.

Por otro lado, era una carrera totalmente distinta a lo habitual. Estamos acostumbrados a correr en circuito cerrado, dando vueltas (baso mi temporada en carreras de 24 horas), por lo que, un recorrido en línea, tan largo y con seis puntos de asistencia, era también una prueba de fuego, para mi mujer, que debía conducir el coche de un punto a otro (llamados “pit-stops”), por sitios totalmente desconocidos y “adelantarse” a mis necesidades (en las de 24 horas, aviso de lo que quiero con una vuelta de antelación).

Mi planteamiento era el mismo de siempre: ritmo lento y muchas horas en la bici, para compensar. Mi miedo era grande, muy grande. Dos noches, son mucha tela. Lo que sí tenía claro es, que no iba a arriesgar, haciendo los “pit-stops” muy cortos; descansaría lo que creyese necesario.

Uno de los problemas de estar de vacaciones, es que no tienes tus medios habituales. Un fallo en el internet del móvil, hizo que recibiese el track, el mismo día de la carrera (en el viaje), lo que me impidió, ver el recorrido, el perfil (imprimirlo también), “estudiarlo” un poco. Tampoco ayudó mi falta de costumbre a la hora de usar el GPS y el estrenar un nuevo aparato (Edge 800). Tenía previsto llevarlo, junto con el viejo Vista Cx, que con sus limitaciones en el número de puntos de track, hizo que, tardásemos mucho tiempo en acabar la labor de meter el track completo (bueno, en realidad metimos la mitad, partido en veinte “minitracks” de 500 puntos cada uno, para no perder precisión; por cierto, gracias a Pedro Farinha  esto fue posible).

Me acosté bastante tarde, sobre la una de la mañana, lo que no dejaba mucho margen de descanso, porque teníamos que levantarnos antes de las cinco. Desayuno frugal porque, no han abierto el restaurante del hotel aún, últimos preparativos y… salen todos, menos yo, que me falta alguna cosilla por preparar. Obviamente, ni me inmuto, sigo con mis cosas. Ya saldré, tengo el track, no hay problema. Covilha está a unos 450 metros de altitud y lo primero que tenemos que hacer es subir por carretera unos 23 kilómetros, tras unos inicios callejeando, hasta los 1986 metros de cota máxima que tiene esta subida. Ya nos había avisado Josué Duarte (diseñador del circuito y ganador del PT Open XCR 24h) que las subidas eran interminables. Él ha hecho el recorrido y las conoce bien. Tenía toda la razón. Subo cómodo, no hay pendientes excesivas (no creo que hubiese ningún tramo de más del 18%), empleando 2h45’ en subir, sin casi descanso. Primer escollo superado. Me acuerdo en todo momento de las palabras de Josué, indicándonos la dificultad del primer tramo hasta el primer pit-stop en Fajao, en el que llegaremos con 85 kilómetros y 3800 m. de desnivel (sirva como referencia que la MadridXtrema del año pasado tenía esa distancia y unos 2000 de desnivel; ¡subiríamos casi el doble!) Paciencia y tranquilidad, que esto no ha hecho más que empezar.
 
Torre. Cumbre a 1986 metros.

Por fin corono, empiezo a bajar y… tengo que bajar a menos de veinte por hora, debido al viento que hacía. Pego dos o tres bandazos que casi me llevan al suelo. Casi tres horas subiendo para bajar parado.

Dejamos la carretera y empezamos con una bajada con el terreno muy suelto, que hago a pie. Menos mal que no me ve nadie. Cada día bajo peor. Sigo con mucha calma, solo, como siempre. Llegamos a un paso de un pueblo (Vide), en el que veo a mi mujer, que ha parado allí, aunque no puede darme nada ni ayudarme en nada, al no ser un pit-stop. Pero me da lo mejor que te pueden dar en estas carreras tan largas: ánimo y un beso.
 
Vide

Abandono el pueblo y empiezo la segunda subida. Según Josué, es la más dura de la carrera. Nada más empezar ya meto plato pequeño, cosa rara en mí, que suelo usarlo poco. Si la primera subida era interminable, esta era eterna. O por lo menos, eso se me hizo a mí. Dos horas de plato pequeño, 1000 metros ganados de altitud de una vez. A diferencia de la primera, esta además tenía zonas algo técnicas, con piedras, que algo nos estorbaban a los torpes. A poco del final, ya me bajé de la bici. Empujé un poco, por hartura ya de tanto plato pequeño. Aproveché para ir comiendo una barrita mientras empujaba un minutillo.

Por fin corono. Una zona de subidas y bajadas por los primeros aerogeneradores del día, me llevarán a otra bajada que conduce a un pueblo (Covanca). No hay nada que hacer en él (no hay parada, ni nada) y lo paso de largo. Hemos bajado a 825 m. Empieza una subida de carretera, pestosilla. Bastante larga, tiene una pendiente constante y  se hace muy pestosa. Cuando parece que va a acabar, veo un pick-up que baja por una pista. Viene del pico más alto que hay alrededor (sí, donde han colocado un aerogenerador). Lo que me temía se cumple. Es el coche de Pedro y por ahí tendré que subir. Sigo subiendo, eso no se acaba nunca. Un poco antes de coronar, Pedro (Farinha, de la organización), me ofrece agua. Yo, muy listo, le digo que tengo (y de hecho, tenía), que no me hace falta. Llevo un bidón de medio litro (no me cabe más en la bici; desventajas de ser un retaco y usar talla pequeña) y un camel de litro y medio. A los quince segundos de irse, pego un trago al camel y me lo acabo. El bidón, en el que llevo isotónica o carbohidratos, está fulminado, también. Me quedan unos treinta kilómetros de sube-baja, por todos los molinos (aerogeneradores) que se pueden encontrar en la zona. Y cuando digo todos, es todos. No creo que haya más. Llevo siete horas de carrera, la temperatura ronda los cuarenta grados, estoy en zona sin arbolado y no tengo agua. ¡Qué más puedo pedir!

Como es de esperar, me deshidrato un poco y tengo un bajón de rendimiento importante, que hace que algunas subidas “fáciles” (del 12-15%), haga parte a pie. Tras arrastrarme como un perro, voy avanzando poco a poco, haciendo lo único que puedo hacer: apagar la cabeza y seguir avanzando.
 
 
 
Pit-Stop de Fajao


Por fin llego al primer Pit-Stop, en Fajao. Muerto es poco. Llego fundido. Lo único que me hace pensar en seguir es que me he quitado la parte más dura, en desnivel. Pero siguen quedando 400 kilómetros. El GPS me marca 92 kilómetros y 9 horas, junto con casi 4000 metros de acumulado. Lo único que quiero es tumbarme. Me bebo todo lo que puedo (dos Coca-Colas, agua, isotónica, etc.), como un par de sándwiches y poco más. Me tumbo a echar una cabezada corta  y como era de esperar, tras las dos Cocas, no me duermo. Empleo 1h20 en la parada. Me recupero “bastante”. Toca seguir.
 
Intentando descansar. No tengo esa tripa siempre, es todo lo que bebí.
 
 

jueves, 10 de mayo de 2012

Rodrigo Gil en Taramundi

Hace poco inició su marcha el Open de España de Maratón, en su edición 2012. Aunque no estuvimos en Asturias, más concretamente en Taramundi, sí estuvo un compañero de andanzas del PT Open y ganador de la primera carrera en la modalidad de 6h Solo, Rodrigo Gil.
Sus aventuras y desventuras en esta carrera, las cuenta en su blog. Os dejo el enlace.

Rodrigo Gil en Taramundi

Enhorabuena, Rodri.

martes, 8 de mayo de 2012

Open de España Maratón 2012 (I): vídeo

Un vídeo de la primera prueba del Open de España de Maratón que se celebró hace unos días en Taramundi (Asturias). "Poca" distancia pero, mucha dureza, como se puede ver en el vídeo.


Vídeo de Yago Breijo Martínez.

martes, 10 de abril de 2012

MarathonBiker nº 4

¡Por fin!. Ya está listo el número 4 de MarathonBiker. Se trata de un monográfico de la primera carrera del PT Open XCR 24h, la que se celebró en Abrantes.
Espero que os guste.
Se puede acceder pinchando en la portada de la revista, a la derecha de la pantalla.

lunes, 2 de abril de 2012

OMD 2012 Lisboa Extreme (crónica): Los españoles errantes

Se me amontona el trabajo. Aún no he acabado la “crónica-revista” de las 24 horas de Abrantes y ya tengo que hacer la del Oh meu Deus de Lisboa. Priorizaré, en aras de la actualidad, a la del OMD, que la otra ya está casi acabada.

Como mi objetivo es el PT Open XCR 24h, en un principio no tenía pensado participar en el OMD (salvo en la última, la de 500 km., “trastornao” que es uno). Me convenció mi hermano, un atleta de ultrafondo “retirado” por las lesiones, con amplia experiencia en bici (algún podio en carreras de 24 horas) y con cabeza suficiente para, saliendo cinco o seis veces con la bici, poder afrontar una burrada como la Lisboa Extreme, con relativas garantías.

Preparativos algo distintos a lo habitual y viaje también distinto, iríamos en coche y dormiríamos en hotel. Siempre vamos con la autocaravana, porque viene mi mujer y mis hijos pero, al ser una prueba en línea, me parece que se van aburrir un montón y decidimos cambiar la rutina. La verdad es que eché de menos ir con ellos, porque estoy acostumbrado al “planteamiento familiar” que tienen las carreras de 24 horas, en el que lo “tienes todo”: familia y carrera.

El viaje de ida a Lisboa se hizo corto y una vez allí, reencuentro con Paulo, Sandra (los organizadores), Josué (diseñador del circuito, corredor) y los “compis” de fatigas vascos: Ainara, Álex y Asier. En el hotel, trasteo de última hora con los GPS, que iban a ser nuestros “guías” al día siguiente.

Dormimos poco, ya que, la falta de práctica con los aparatitos nos hizo tardar mucho. Madrugamos bastante y al Tajo, porque allí era la salida, junto al Tajo.

Últimos preparativos, carga de material en el camel. Todavía de noche, salimos neutralizados. Va amaneciendo y tras unos kilómetros nos reagrupan. Hay mucho barro en el primer tramo y hay una modificación del recorrido y nos llevan neutralizados. En esa neutralización, decidimos echar aire en la horquilla de mi hermano y reemprenden la marcha. Nos retrasamos unos segundos y dejamos de verlos. Salimos rápido pero, los perdemos. No pasa nada, seguimos el track. Llevo las piernas de madera pero, no puede ser que vayamos tan lentos que no cojamos a nadie. Empezamos a mosquearnos porque no vemos huellas de los cien tíos que “van” delante de nosotros. No pasa nada, vamos sobre el track, vamos bien. Nos cogen otros dos, que también estaban arreglando algo en la neutralización. Vamos un rato con ellos y en una subida se nos van. Al llegar arriba, pasamos una zona con más barro y no hay ni una huella. O se han confundido los cien o nosotros. Quito zoom al GPS y veo el problema. ¡Estamos haciendo el circuito al revés! El track es como una raqueta, en la que el mango es la zona de salida y llegada, siendo paralelas. El problema del barro de la zona inicial, ha hecho que hayamos salido por una zona común con la llegada, por eso nos llevaban neutralizados. Una vez en el track “bueno”, han dejado a la gente seguirlo. Nosotros nos hemos quedado antes y no hemos comprobado (porque parecía obvio que íbamos bien) el sentido. Intentamos avisar a los que nos acababan de adelantar pero, en la bajada, mientras nosotros miramos el GPS, se han ido mucho y no nos oyen.

Se nos presentan tres opciones: darnos la vuelta e irnos a casa, darnos la vuelta y tratar de enganchar el track “donde sea” (hacer un acortamiento) o darnos la vuelta y coger otra vez el track desde el principio. Teníamos pensado hacer unas doce horas, que sumadas a las dos y cuarenta que hemos perdido, nos da alguna posibilidad de acabar. No hace falta ser Einstein, ni conocernos mucho, para saber que la decisión que tomamos es la tercera. La primera es una estupidez, la segunda es estar descalificado porque no has seguido el track y la tercera, nos permite hacer el recorrido entero, que es a lo que hemos venido. Volvemos sobre nuestros pasos, con algún intento fallido de acorte, para llegar otra vez a la salida lo más rápido posible.

Y otra vez sobre el Tajo, casi tres horas después y con cuarenta kilómetros en las piernas. Ya no tenemos margen, ya no puedo parar a hacer alguna foto de recuerdo. Vamos muy tarde.

El circuito es una pasada, subidas de plato pequeño por todos lados, bajadas técnicas, con piedras, sin piedras, había de todos tipos. Eso sí, muuuy duro. Parece un circuito diseñado por el mismísimo diablo, buscando siempre las subidas más duras. Josué, al final me comentó que lo hace una vez al mes entrenando. ¡Vaya máquina!

Allí seguimos “el Pancho y el Javi” de verano azul, con nuestro ritmo lento pero, constante.

En una subida a pie, veo que he pinchado. La rueda está abajo del todo y cuando desmonté no hacía flaneo ninguno. Y eso que era de las de líquido. Arreglamos y aprovechamos para alimentarnos. Fundamental no descuidar el alimento y la bebida, en carreras tan largas. Vamos muy lentos, pero muy enteros físicamente, lo que hace que apenas paremos (solo en las fuentes).

Subida de piedras y oigo un ¡ay! detrás. Miro para atrás y mi hermano no está. Está tirado en unas zarzas. Tras el típico tropiezo de subida de piedras, al ir a sacar el pie del pedal, ha pisado en una zona de zarzas y al no haber “suelo” debajo, se ha caído por el barranquillo. Como puedo, tiro de él y conseguimos seguir. Eso sí, ya quisiese Rambo tantos arañazos para presumir de haber estado en una misión peligrosa en su próxima película.

Como con eso no nos valía, en la zona más fácil, me pongo a trastear con el GPS y pillo una piedra con la rueda delantera y me gira bruscamente el manillar. No hubiese supuesto ningún problema, si el pedal hubiese liberado pero, al ir lleno de barro, no suelta y ¡hombre al suelo! Heridita y lo peor, se rompe un enganche de la zapatilla. No me impedirá seguir pero, es posible que me haga tener que comprar otras. Lo me hacía falta ahora.

En un vistazo al track, la “mitad” es cuando llegas a una playa. De las ganas que tenemos de llegar, nos “huele” a mar por todos lados, pero no llega. Vamos muy despacito y la posibilidad de entrar en tiempo se va desvaneciendo. Muy tarde, aparece por fin, el mar. ¡Impresionante! En mi opinión, lo mejor del circuito. Empezamos la vuelta. Vamos muy enteros, pero muy tarde. Queda poco para que se haga de noche, lo que complicará mucho más las cosas. Llevamos casi doce horas sobre la bici y estoy disfrutando mucho. La sensación no sé describirla pero, es la mezcla del entorno, buena compañía (llevamos haciendo deporte juntos más de veinte años), los dos solos sin ver a nadie (ciclista) en mucho tiempo, sufriendo pero, no agonizando. La pena es que no llegaremos a tiempo. Eso ya nos da un poco igual.

Seguimos constantes pero, se nos hace de noche. No llevamos buenas luces. Ni en el peor de los planes, pensábamos hacer mucho recorrido de noche. Veíamos poco pero, aún más despacio, seguíamos avanzando.

Se añade un problema más. Empieza a llover. Aunque (por torpeza y “prepotencia”), no llevo nada de ropa de abrigo, lo peor es que es una zona de piedras y al llover resbalan muchísimo. Hacemos las subidas a pie y las bajadas también. Es imposible ir montado. No hacemos medias ni de cinco por hora. Nos quedan unos cuarenta kilómetros y son las once de la noche. A cinco por hora (sabiendo, porque ya lo habíamos hecho, que los últimos veinte kilómetros no eran tan malos), nos quedaban más de cuatro o cinco horas. Una subida de piedras en la que casi no conseguimos subir ni a pie, nos hace replantearnos las cosas.

Decidimos llamar a la organización para ver si podían venir a buscarnos. No es una decisión fácil. Vista ahora en frío, casi parecía evitable pero, cuando “dos tíos duros” (y puedo asegurar que si yo no lo soy, mi hermano sí es muy duro de cabeza) deciden algo así es porque, es lo más lógico.

Nos vino a buscar Josué, con otro miembro de la organización que (lo siento), no recuerdo el nombre. Nos estaban esperando en meta y hasta que llamamos, estaban preocupados, porque no habían sabían sabido nada de nosotros en todo el día. Nadie nos había visto, es como si nos hubiésemos evaporado. Una vez en meta, nos duchamos (habían dejado el gimnasio abierto, sólo para que nos duchásemos nosotros), nos lavaron las bicis mientras estábamos en la ducha, nos dieron de comer. Detalles que diferencian a las organizaciones “humanas” de las “mercantiles”. Momentos agradables; un poco de conversación y momento de despedidas. Aunque no hemos conseguido el objetivo de acabar (sí hemos hecho los 150 kilómetros, aunque de otra manera), la sensación no es del todo mala. Se puso todo en contra, dimos lo que había y supimos parar a tiempo, sin nada que lamentar, tal y como se puso el circuito con la lluvia.

Nos fuimos al hotel, tras parar en un McAuto abierto, en el que nos pusimos “como el Quico” y a las tres (o cuatro, ya ni me acuerdo) de la mañana, nos acostamos.

A las nueve nos levantamos (había que desayunar en el hotel) y tras llenar el buche, nos pusimos en camino. Viaje tranquilo, sin gran cansancio y llegada a casa. Fin de la aventura.

Llegada la hora de hacer balance, aunque parezca lo contrario, lo recordaré como positivo. El objetivo era ir juntos, aunque yo que estoy más entrenado, pudiese ir más fuerte en algunos momentos. Pasamos “las de Caín”, disfrutamos de un día “de montaña y playa” a nuestra manera (la de dos “enfermos mentales” que buscan continuamente algo más duro). El único recuerdo negativo (además de lo que echas de menos a los que te acompañan siempre en todas las carreras) que guardo es, el de tener que molestar a alguien para que venga a buscarme. También me hubiese gustado llegar pronto para pasar un rato de “cháchara” con el resto de compañeros. Me faltó compartir las aventuras y desventuras con “los vascos”, que seguro que fueron importantes (¿verdad, Ainara?). Aunque soy muy soso, la “parte social” de las carreras me gusta mucho y llegar pronto e irme tarde, es algo que suelo hacer. Es algo muy común en las carreras de 24 horas y me gusta mucho.

Mis “parabéns” para Josué por el circuito, muy duro y muy variado; unas veces parecía que estabas en la Sierra, otras en Asturias, otras en el País Vasco, rodeado de surferos. Bestial. Eso sí, ni un llanito para descansar.

Mis agradecimientos a Paulo, Sandra, el resto de la organización, a Josué, a su compañera, etc. por el trato que nos dais siempre. Estoy orgulloso de tener amigos así. Gracias y hasta la próxima.



Nota: esto es una crónica “pura y dura”, sin fotos, porque no pude hacer ni una (muy a mi pesar, ya que había zonas de las que me hubiese gustado guardar un recuerdo, para que los que no estuvieron, viesen las maravillas que vimos).